(Alfredo Aranda Platero, Vicepresidente SINDICATO PIDE)
Cualquier sistema de oposición será imperfecto; no obstante, siempre existe margen para diseñar modelos de acceso que amplíen los niveles de objetividad
Tras la publicación de las calificaciones del proceso selectivo para el ingreso en la función pública docente, es habitual que algunos opositores manifiesten una profunda disconformidad con la nota obtenida. Muchos consideran que su ejercicio alcanzaba un nivel suficiente, incluso excelente, como para obtener una plaza o, al menos, una puntuación superior; sin embargo, el resultado final es una calificación que no cumple con sus expectativas. Esta situación, aunque sumamente frustrante para quien la padece, es inherente a la propia naturaleza del sistema selectivo.
Las oposiciones constituyen un proceso altamente competitivo. La evaluación no depende únicamente de la calidad objetiva de una prueba aislada, sino también de la comparación con los demás opositores. Además, existen aspectos formales que pueden condicionar el resultado final, como la necesidad de demostrar un dominio sólido de la expresión escrita, imprescindible para el ejercicio de la profesión docente, u otros, más discutibles, a mi juicio, como no entregar el guion u olvidarse de firmar la programación, que la norma obliga a castigar.
Por otra parte, cierto margen de subjetividad en la corrección es inevitable en cualquier proceso de evaluación que incluya pruebas de desarrollo. No obstante, dicha subjetividad no debe confundirse con arbitrariedad. Cuando la valoración se fundamenta en criterios técnicos preestablecidos, en una rúbrica de evaluación bien definida y en la aplicación coherente del juicio del tribunal, esa subjetividad constituye un elemento legítimo del proceso evaluador.
En definitiva, en prácticamente todas las convocatorias se constata la misma realidad: el número de aspirantes que consideran que merecen una plaza supera con creces la oferta disponible. Esta circunstancia no implica, por sí misma, que el proceso sea injusto, sino que la selección exige establecer diferencias entre candidatos que, en muchos casos, presentan un buen nivel de preparación.
Cualquier sistema de oposición será imperfecto; no obstante, siempre existe margen para diseñar modelos de acceso que amplíen los niveles de objetividad. Tanto los opositores como los tribunales lo agradecerían. Desde hace años se viene hablando de un nuevo sistema de acceso, pero se trata de un asunto complejo desde los puntos de vista jurídico, técnico y político, y no termina de cuajar.
Para quien tiene la firme convicción de que la educación es la profesión a la que quiere dedicar su vida, rendirse nunca es una opción, porque el esfuerzo y la perseverancia, más allá de las circunstancias del proceso selectivo, son los que permiten alcanzar el objetivo.