viernes, 28 de octubre de 2022

TRAIDORES ( Alfredo ARANDA PLATERO, Vicepresidente Sindicato PIDE)

 Ya sabemos, los sindicatos traidores de siempre mejor que nadie, que en los próximos 3 años (entre 2022 y 2024) nos harán perder otro 5,5% de poder adquisitivo, aunque públicamente el devaluado sueldo de los funcionarios se incremente un insuficiente y engañoso 8%, del que un 2% está ya cobrado y añaden, además, a esta fórmula perversa, un 1,5% variable que no vale, ni siquiera, para compensar la inflación de 2022 que cerrará con una subida del 9% en el mejor de los casos. Y todo esto se suma a la pérdida de más de un 20% en la última década; es decir, que nos quitan un 25,5% de poder adquisitivo. Piensan que pueden engañarnos y equivocados andan. Todo lo que no sea partir de una subida del 20%, y no en tres años, sino para ya mismo, es una negociación falsa, es mantener el empobrecimiento, apenas reducido y, por tanto, supone negociar la pérdida.

Tanto CSIF como CC OO y UGT comparten culpas. Su única opción para defender a los funcionarios era no firmar y convocar una huelga general. Aunque el CSIF se desmarque estratégicamente del acuerdo, todos ellos son consentidores desde 2010 de la bestial pérdida de poder adquisitivo que ha sufrido el sector funcionarial. Todos ellos comparten la culpa, ahora solo falta que los funcionarios emitan su sentencia.

Es un engaño en tres actos: la ministra de Hacienda anuncia primero una subida pírrica, los sindicatos la rechazan; después, la Administración sube la apuesta y los sindicatos dicen que va por buen camino y, finalmente, el ministerio la sube una miseria más y los sindicatos CC OO y UGT dicen que ahora sí, que lo firmarán. CSIF se sale de la foto, para no parecer culpable, cuando es corresponsable de la actual situación de empobrecimiento del sector funcionarial. Todo esto estaba acordado previamente; ahora solo falta el titular de prensa con la foto de los dirigentes sindicales institucionalizados haciendo, con el brazo alzado y con los dedos índice y anular en «v» el signo de la victoria, o de «vendidos» según se podría interpretar por la pérdida brutal de poder adquisitivo que los funcionarios vienen arrastrando desde hace más de 12 años. Esta subida pactada en 3 años es un engaño que no permite recuperar el poder adquisitivo perdido y que ahonda en el empobrecimiento de los funcionarios. Lo primero que habría que hacer es recuperar el 100% de las retribuciones que nos recortaron en 2010, las pagas extra completas, la pérdida del 5% de media en las nóminas mensuales de funcionarios desde 2010 hasta el día de hoy… en definitiva, recuperar las pérdidas salariales que implementaron los gobiernos de Zapatero y Rajoy y que parece que Ministerio y sindicatos tradicionales creen que los funcionarios han olvidado.

¿Qué han hecho CSIF, UGT y CC OO en los últimos doce años para que los funcionarios hayan perdido más del 20% de poder adquisitivo? ¿Por qué ahora, a pocas semanas de las elecciones sindicales, escenifican una teórica negociación para recuperar menos de la mitad de lo que hurtaron y que se perdió para siempre? ¿Por qué esa exigua subida la planifican, además, en diferido? Todos conocemos, en realidad, las respuestas a estas cuestiones.

ALFREDO ARANDA PLATERO (Vicepresidente Sindicato PIDE)


lunes, 10 de octubre de 2022

EL SINDICALISMO TRADICIONAL HA MUERTO (Alfredo Aranda Platero)

 

Estar siempre instalado en la discordia me aflige como un remordimiento mal curado que anuncia su presencia alentando el insomnio vengativo cada noche. Pero no puedo evitar revelarme ante el desengaño que me produce ver cómo se ha deformado, hasta quedar en una sombra de lo que fue, el sindicalismo tradicional ya imbricado, sin remedio, en la estructura del Estado; con su propio presupuesto, como si de otro ministerio se tratase.


Estoy cansado pero, al mismo tiempo, sigo con la determinación intacta para seguir luchando. Son muchas las turbulencias emocionales que me provocan saber que el sindicalismo puro se ha descompuesto, fagocitado por la putrefacción producida por sus propias bacterias, y que de esa descomposición ha renacido otro «sindicalismo» distinto marcado por las impurezas de los contubernios con políticos y con patronales, y siempre dispuestos a poner la mano como vagabundos que en la escalinata de una iglesia piden limosna a las señoronas que van a expiar sus culpas ante el altísimo. Y son premiados, como gesto indecoroso, como prueba irrefutable del pago de su vasallaje, con miles de liberados, con generosas subvenciones y con cientos de cursos de formación que les son cedidos y, por supuesto, con la parcela de poder exigido para poner el monopolio sindical al servicio de los intereses espurios de quien los mantiene instalados en su actual estatus.

El sindicato en el que milito hace mucho tiempo, en el aún persiste la honestidad sindical, es la atalaya perfecta para observar como todo se ha ido degradando. La lucha sincera y contundente en favor del trabajador, ha dado paso a la servidumbre de aquellos sindicatos que ya no son, ni de lejos, lo que fueron. De aquel sindicalismo ya no les queda nada, ni los rescoldos; son, podríamos decir, un ectoplasma borroso, una apariencia mínima, un recuerdo perdido en el olvido, una trémula hoja que una tempestad ha barrido para siempre de la faz de la tierra.

El sindicalismo tradicional, su degradada y parasitada versión actual, domina como nadie la escenificación de la lucha haciéndonos creer que se enfrentan al Estado. Así, ufanos, victoriosos, salen a la calle cada primero de mayo a teatralizar una teórica fuerza de choque en defensa del trabajador. Con solemnidad catedralicia hacen sus grandilocuentes declaraciones a la sombra de las pancartas de un solo uso y, después, se desvanecen, en olor de santidad, como humo en el viento. Cuando yo sea anciano, si la providencia me permite tal logro, habré sido testigo de cómo, a lo largo de los años, el sindicalismo tradicional, asociado con el poder, perdida su esencia, traicionando su propia historia, se ha convertido en una triste y dolorosa caricatura de sí mismo.

El 3 de abril de 1919, después de 44 días de huelga, se firmó el decreto por el que se fijaba la jornada laboral de ocho horas diarias. En 1988, el 14 de diciembre, la huelga general de trabajadores consiguió que el gobierno subiera las pensiones ligándolas al IPC, que mejorara la protección por desempleo, que elevara el salario de los funcionarios, que se implementaran nuevas medidas como la asistencia social y las pensiones no contributivas. Estos son solo dos ejemplos de lo que era antes el sindicalismo y de lo que ya nunca volverá a ser.

Los sindicatos tradicionales ya no son combativos, solo pactan con el Estado aquello que parece que han negociado pero que, en realidad, ya habían acordado previamente para seguir con su relación mutuamente beneficiosa. Todo forma parte de un gran engaño, de una escenificación de desacuerdos pactados, de discrepancias fingidas, de acuerdos preacordados, de manifestaciones de diseño, de un día si acaso, previas a la firma de los acuerdos. Un gran teatro donde cada uno hace su papel y obtiene su beneficio.

El sindicalismo debe ser realmente independiente, incorruptible y alejarse de la equidistancia en la que se mantienen cómodamente instalados hoy en día y en la que pastan, como ovejas merinas en la tranquilidad de las dehesas, mientras el pastor las mete y las saca en el redil cuando quiere, dóciles y acostumbradas a la comodidad del camino marcado.

Todo esto que escribo en estas líneas lo hago desde el más profundo abatimiento, desde la tristeza más completa, porque creo en el sindicalismo combativo como fuerza transformadora de la sociedad. Para volver al sindicalismo libre sería necesario refundar a los sindicatos tradicionales que ya no combaten, que ya no se plantan frente a patronales y gobiernos; sino que caminan al lado, que van de la mano. Para que este sueño, el de volver a la esencia genuina, se hiciera realidad sus dirigentes deberían ser destituidos de sus puestos y dejar paso a otros que gestionaran la actividad sindical en la dirección correcta, renunciando a subvenciones y prebendas para ser verdaderamente libres de poder defender al trabajador. Pero no lo harán, porque ya han probado el sabor del poder y del dinero que los ha poseído como si de un espíritu maligno se tratara y no hay exorcismo posible que pueda liberarlos. Pero no todo está perdido, los trabajadores pueden obligarlos a cambiar, a volver a sus orígenes o, al menos, intentarlo. Las elecciones internas de cada organización y las elecciones sindicales de los diferentes sectores son un buen momento para  expresar ese deseo de la ciudadanía.

ALFREDO ARANDA PLATERO (Vicepresidente Sindicato PIDE)